martes, 7 de octubre de 2014

Cien Palabras (Relato)



Se despertó cuando un brillante rayo de sol entró por la ventana,algo atontada por el feliz 

sueño que estaba teniendo y algo dolorida por los golpes recibidos la noche anterior, se dirigió al baño y apoyando sus manos sobre el lavabo, se miró detenidamente al espejo, su pelo lacio y despeinado cubría parte de su cara pero no lo suficiente como para ocultar las marcas que la persona que, en algún momento de su vida pensó que más la quería, le había dejado de recuerdo.
Al verse reflejada, las lágrimas volvieron a resbalar por sus mejillas lentamente, era algo muy habitual, afloraban solas, sin causa aparente. Se lavó con sumo cuidado y fue a la cocina a prepararse un café, miró fijamente por la ventana al jardín que cuidaba con gran esmero, las diferentes tonalidades de sus flores destacaban alegremente.
A pesar de ser temprano, se adivinaba un día caluroso, el sol hacía una hora que dejaba brillar sus rayos sobre el mismo. Cogió su café, abrió la puerta corredera y salió con cierta lentitud; se acercó a un tulipán fucsia que destacaba entre los demás, en ese momento una mariposa blanca se posó sobre él con cierta confianza, le llamó tanto la atención que espontáneamente intentó acariciar sus delicadas alas, ésta emprendió el vuelo haciendo zig ­- zas, sin alejarse y demostrando su libertad. Se detuvo a observar lo bella que era y a disfrutar de su vuelo, sin darse cuenta se encontró pensando en lo diferente que podía haber sido todo si el alcohol no se hubiera entrometido entre ellos, dio un sorbo al café y se sentó en la hamaca de madera que le había hecho su abuelo, cuando ella era adolescente. Dejó volar su imaginación mientras su mirada buscaba a aquella mariposa blanca que libaba de flor en flor. Un espontáneo gesto que le causó dolor como consecuencia de los golpes de la noche anterior le hizo volver a esa angustiosa realidad, pero en ese momento inicial del día y el sueño había sido tan feliz, que decidió en ese mismo instante no volver a renunciar a esa sensación. Se levantó de la hamaca con determinación y entró con premura a la casa, buscó el teléfono inalámbrico y marcó; le bastaron cien palabras para empezar a encadenar el sufrimiento y dar libertad a la libertad.








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